La locura por el cine

(Hoy me he econtrado con este texto increíble y fascinante, y no me he podido resitir a compartirlo. Por ellos, los de antes; también por el Aula de Cine y por la Escuela Eduardo Westerdahl; pero, sobre todo, porque estamos a punto de empezar un nuevo rodaje; por los de ahora.)

Narcisismo, arrogancia, candidez, idealismo, utopía. Puede que todo eso fuera el Yaiza, y puede que todo ello acabara por terminar con él. Es cierto que esas cosas se notaban y a veces hasta llegaban a molestar. Y sin embargo, para aquellos que encontraban entre sus butacas parte del alimento necesario para poder levantarse al día siguiente, todo eso era diminuto y escaso, irrisorias tonterías carentes de importancia comparadas con el esplendor del cine proyectado.

Porque Yaiza Broges respiraba cine y los que integraban el colectivo estaban locos por el cine, era su lema y su divisa, creyentes y practicantes, el cine les unía entre sí y por encima de las diferencias de caracteres, ideologías, ritmos e intensidades de cada uno, en ese desvarío encontraron la catapulta que tiró adelante del proyecto durante los años que duró. Ésa era también la argamasa que los mantenía unidos con su público, que aunque fuera mucho menos numeroso de lo que ellos esperaban, perdonaba lo que fuera menester, abducido y contagiado de a poquitos, a sorbos lentos como se beben los venenos.

Basta con repasar por encima una lista de las casi doscientas películas exhibidas en el Cinematógrafo Yaiza Borges para calibrar su importancia y para darnos cuenta de que sin su existencia, sin su bendita intromisión en nuestras vidas, es posible que no hubiéramos accedido a ellas sino mucho más tarde, o, quizás nunca, y que sin el disfrute de esas películas probablemente seríamos otros, de la misma manera que otros seríamos también sin la música que escuchamos, las playas que visitamos o los cuerpos que acariciamos.

Y es que hablamos de Lubitchs y de Wilder, de Scarface, Johnny Guitar, La jungla del asfalto, Jacques Tati, El amigo americano, El tercer hombre, Hitchcock y Hepburn (tanto Autrey como Katharine), Jules et Jim, mucho Huston y casi todo Godard, gran parte del cine europeo que ahora pasa orgulloso por los canales de televisión por cable o por satélite, como Renoir, Fellini, Pasolini, Fassbinder o Visconti, pero también el descaro de Lolita, la inocente perversión de Baby Doll, el erotismo impetuoso de Ava Gardner o el equívoco de Dietrich de El Ángel azul, descubriendo para nosotros a Jim Jarmusch y a Win Wenders, al chico de la moto y a Scorsese, a Robert Duvall en la playas de Vietnam y a Alaska meando no recuerdo muy bien si sobre Pepi, Luci o Bom o sobre otras chicas del montón.

El Yaiza tendría sus excesos pero fue necesario, representando para muchos de nosotros una dosis de utopía sin la que no es deseable ni sano ni factible plantearse una juventud digna. Hasta sabiendo, como sabíamos entonces, cómo eran de inconvenientes o exageradas algunas de sus posturas, algunos pensamos que una de las cosas buenas que nos ha cruzado en la vida se llamó Yaiza Borges, y fue un puñado de locos por el cine trabajando para que otros enloqueciéramos por él, intentando un proyecto quimérico en un momento más histérico que histórico. El proyecto se truncó, pero la labor de contagio hay que considerarla cumplida.

Porque no se crea que se trata de la añoranza de un bonito sueño adolescente. Si la impronta en la memoria dejada por Yaiza Borges sigue intacta mucho más allá de la nostalgia de veinticinco años desaparecido, es porque tanto tiempo después todavía seguimos locos por el cine y seguimos encontrando en él refugio para la soledad, sitio para los sueños y aire para escapar del ahogo. Y es que nos habrán decepcionado proyectos, amigos, amores, ideales o compañeros, pero hay que reconocer que el cine es de lo poco que no nos ha decepcionado nunca. La vida nos habrá pasado por encima, pero nosotros le hemos visto las bragas.

Autor: Benito Fernández Arozarena
Extracto íntegro de la parte final del artículo “¿Qué fue del Yaiza Borges?”, publicado la revista Cuadernos del Ateneo, nº 15, octubre de 2003.

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