NI TAN EXPERTOS, NI TAN CABREADOS, NI TAN INGENIOSOS


Hoy me ha dado por poner por escrito algo que llevo viendo desde que las redes sociales 2.0 llegaron a mi vida profesional. Las utilizamos todos los días. Para algunos son sólo entretenimiento. Para otros, el medio para informarse (en muchos casos, su única forma de acceso a la actualidad). También puede ser una forma de publicidad (más o menos encubierta) o una herramienta de comunicación entre marcas y seguidores. Da igual. En todos esos grupos de usuarios he detectado alguna vez estos tres vicios. Y recojo estos tres porque, según mi experiencia, son con los que más a menudo me encuentro. Hay más. Podría haber incluido también un “ni tan poetas” o quizás un “ni tan artistas”, pero lo dejaremos para otra ocasión. Por supuesto, me incluyo entre ellos y aprovecho para confesar que una de mis luchas diarias es detectarlos y esquivarlos, porque se esconden detrás de muchos de nuestros actos reflejo en la Red.

Ni tan expertos…

Hablamos con demasiada ligereza de todo. Recuerdo una profesora en Periodismo que repetía incansablemente aquello de “el papel lo aguanta todo”. Y es cierto. Ahora, además, la pantalla lo aguanta todo, lo amplifica todo exponencialmente y lo almacena todo por los siglos de los siglos. Supongo que en este vasto océano de expertos en paro en el que vivimos, en este universo sobrepoblado de universitarios sin trabajo pero con conexión a Internet y ordenador propio, no sólo tenemos que ser (y parecer) buenos en lo nuestro, sino que nos empujan a serlo y parecerlo en todo. Como ocurría antes cuando el currículo eran dos hojas de papel que inflábamos sin rubor, es una medida condenada, tarde o temprano, al fracaso. No podemos saber de todo. Y además, en estos tiempos “veloces como un Cadillac sin freno” -que diría Sabina-, estamos obligados más que nunca a aprender constantemente, todos los días de nuestras vidas. Es lo que nos toca.

… ni tan cabreados…

Una sensación que tuve siempre desde mis primeras colaboraciones de opinión en los medios es que es mucho más fácil apasionarse que comedirse. Si te decides a escribir tu opinión sobre un tema y dejas que la literatura fluya así sin más control, parirás un panfleto incendiario. El resultado levantará, posiblemente, el aplauso inmediato, pero tras analizarlo con detenimiento, nos daremos cuenta de que está hueco de argumentaciones. Expresar el cabreo sí, por supuesto, pero escribir bien también implica saber qué se está exactamente diciendo con cada frase y con el tono de cada párrafo. Y no se trata sólo de autocensura, aunque es impresicindible. Se trata de argumentar, de intentar ponerse por un momento en el lado totalmente contrario, de descubrir, al fin y al cabo, cuál es exactamente nuestra postura sobre algo.

… ni tan ingeniosos

Pero con todo, el vicio que más me molesta es la obligación de ser ‘ingenioso’. Me pasa especialmente en Twitter donde no eres nadie si no entras en una conversación haciendo el comentario más irónico del planeta (el más, en ese momento). No todos estamos dotados para el humor y mucho menos para la ironía, concepto que las redes sociales han acabado por banalizar. O, mejor dicho, no estamos dotados para ello a cualquier hora del día o con la velocidad que requiere a veces ‘la red del pajarito’. Asistir a esta competición por ver quien es más gracioso me recuerda un pensamiento que siempre tuve: Cómo tiene que fastidiar a los andaluces bordes esa fama (casi obligación) de ser abiertos, dicharacheros e ingeniosos. Yo lo llevaría muy mal…

¿Y entonces?

Pues una máxima que puede parecer una perogrullada, pero que conviene no dejar de lado nunca en cada paso digital que damos: ser nosotros mismos o al menos parecerlo. Es verdad que eso de aparentar ser uno mismo es, en realidad, una contradicción. Si se es, qué más da qué se aparente. Pues da y mucho. Es complicado este juego de identidades que nos ha traído la web social. Es complicado, pero realmente apasionante. En el camino estamos.



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