QUÉ ES JARDÍN BARROCO


En otoño de 2011, recibí una llamada del poeta Roberto García de Mesa. Gonzalo Díaz ‘El Conco’, director y fundador de la mítica galería Conca en La Laguna (Tenerife), le había ofrecido un espacio para realizar lo que quisiera. Roberto se planteó una intervención artística multidisciplinar y quería que alguien grabara el proceso. Inicialmente tuve mis dudas, yo estaba muy liado para entregarme a un rodaje de unas dos semanas, pero Roberto insistió. Quedamos en la galería, conocí por primera vez en persona a Gonzalo y Azucena, vimos el espacio -una gran habitación casi vacía con dos ventanas y tres puertas- y hablamos. Me contó que la intervención iba a estar guiada o inspirada por un poemario suyo inédito llamado El jardín barroco. Todo sonaba interesante, aunque no sabía exactamente lo que quería hacer Roberto, ni por qué lo quería hacer, ni por qué necesitaba que alguien lo grabara, ni por qué ese alguien tenía que ser yo.
Ese año, 2011, habíamos hecho Veneno, un rodaje de producción muy intensa y también El Círculo, más exprés pero igualmente exigente. Y estábamos produciendo el documental Las alas verdes del dragón. Recuerdo que la misma semana que iba a comenzar la grabación con Roberto, el equipo de Las alas verdes se iba a Inglaterra. La idea de estar solo con la cámara grabando durante días resultaba finalmente liberadora e irrechazable.


Así que allí estuvimos, prácticamente solos, Roberto y yo. Él, creando libremente y yo, siguiéndolo con la cámara. ¿Qué hacía Roberto? Al principio asimilar el espacio, su energía. Luego, pintar. Después me confesaría que había sido su vuelta a la pintura después de mucho tiempo sin hacerlo. Él había expuesto incluso en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, pero de alguna manera lo había dejado, se había centrado en otras cosas, como escribir. Ésta era su vuelta al pincel. Pero no solo pintaba. También escribía poemas en rollos de papel por el suelo que luego colgábamos o escribía directamente en la pared o realizaba acciones sin espectadores, juegos, charlas… de todo. Para Roberto la poesía es movimiento en el espacio. Yo no tenía que pensar en nada de producción, ni en nada de nada, sólo en encuadrar, en buscar para cada acción el que yo creía que era el mejor plano. A veces, de lejos; otras, de cerca. Cámara en mano o sobre trípode. En ocasiones, tenía que dejarme llevar, sentir la emoción del momento. En otras, mirarlo todo desde fuera. 

Usé un solo foco y una cámara DSLR (la Canon 7D), que era la primera vez que operaba. Roberto se movía y yo tenía que seguirlo. No podía decirle ‘Espera, no te muevas’ o ‘¿Hacia dónde te vas a mover ahora?’. Apenas le daba indicaciones. No quería intervenir en su proceso, sólo registrarlo. Sabíamos, no obstante, que la objetividad no existe. Él era consciente de que yo estaba allí con la cámara, lo que creaba a veces un juego muy especial.
Fueron dos semanas de grabación, unos ocho o diez días. Al final de todo, Roberto abrió la invitación al público. Un grupo reducido de personas pudo ver cómo había quedado aquella habitación. Para esa noche, se proyectaron incluso algunas imágenes de la grabación. El propio video se convirtió en parte de la intervención final. 


¿Qué teníamos? ¿Qué habíamos grabado? ¿Era una película? Y si lo era, ¿qué tipo de película era? ¿Un documental? O no era una película y era otra cosa, pero entonces, ¿qué es una película? Yo creo que había y hay cine en muchos de los planos que se grabaron. Cine poético si se quiere. ‘Cine verdad’ también, puesto que es real lo que pasa delante de la cámara. No es el simple registro de una larga perfomance en la que lo importante es la performance. Quería hacer una película con eso, que hubiera una mirada. Teníamos imágenes potentes, hermosas. Pocos días después, durante La Noche en Blanco de La Laguna, proyectamos algunas imágenes desde la planta alta de la Conca a la calle. La gente podía caminar sobre ellas.

Work in progress

Como suele ser habitual en este tipo de proyectos a coste cero, el tiempo se dilata. La posproducción fue muy intermitente. Primero, realicé, con Jonay en el montaje, una versión work in progress para enseñar algo del material en el Festival Pasan Cosas – Espacios Abiertos de Libre Creación, en febrero de 2012. Lo hicimos muy rápido, en un día y medio y sin poder ver ni siquiera todos los brutos. Duraba unos 45 minutos. Nos gustaba lo que había salido, pero no teníamos mucho tiempo para seguir trabajando en ello. Había que estrenar Veneno, El círculo y Las alas verdes y hacer mil cosas más. Durante un tiempo, ya que yo no tenía ordenador aún para editar, nos comprometimos en Digital a dedicar una o dos tardes a la semana para ver los brutos y decidir qué planos servían y cuáles descartábamos. Lo hacíamos con los ordenadores de Domingo y Eugenia. Y así fuimos avanzando y montando lentamente. Me gusta mucho este proceso. Era como revisar una cosecha recolectada al azar y decidir después qué platos podíamos cocinar con lo recolectado. En ese largo proceso tuve tentaciones de engordar la historia, de añadir una voz en off, un prólogo, un epílogo… A nadie le convencía y finalmente a mí tampoco. Íbamos descartando opciones y me di cuenta que lo mejor era tratar de ajustarnos al proceso real. Y así seguimos hasta tener un montaje de unos 80 minutos.  Durante ese año 2012, se publicó además, junto a otros tres poemarios y bajo el título de Los cuerpos remotosel libro que nos había servido de inspiración. 



Después, la película volvió a reposar. O nos vimos obligados a ello por la lógica de la supervivencia. En 2013, realizamos una fuerte reactivación del proyecto de Digital 104 en cuanto a empresa cultural y todos los esfuerzos tenían que ir, necesariamente, a consolidar esta apuesta laboral, donde ahora entraba no sólo la producción audiovisual, sino también la distribución, la comunicación y la gestión cultural. Pero la película estaba ahí, en algún lugar, latente aún, sin revelarse, como un tesoro escondido que sólo había que ir a buscar. Y aunque no podía trabajar en ella, me reconfortaba saber que ahí estaban esos planos. Que aunque no podía hacer cine en ese momento, había hecho una película especial, que tarde o temprano saldría. Y eso me animaba a caminar.

Hacia la versión definitiva

En junio de 2013, al regresar del Festival de Cine de Las Palmas de Gran Canaria donde habíamos presentado Veneno y teniendo ya un ordenador propio para editar, pude encerrarme dos días y obtener una versión de 72 minutos. Fueron días felices de montaje porque pude dedicarme por entero a Jardín BarrocoEnseñé el montaje a algunos amigos como Joaquín Ayala o Josep Vilageliu, que nos dieron las primeras opiniones. Después, otra vez a enfriarse.


Ahora, por fin, hemos podido darle el último empujón y podemos decir que tenemos nuestro primer largo. Pulimos aún más el montaje y dejamos el corte final en 62 minutos. Realizamos la corrección de color y etalonado digital con Manuel López, con el que ya habíamos trabajado en Ridícula y habíamos colaborado en otros cortos. Y pulimos 

el sonido con Marco Toledo, sonidista de algunos de nuestros últimos trabajos. Trabajamos la luz final desaturando el color digital, tratando de aprovechar lo que teníamos: una luz como de interior de iglesia por el día y otra muy contrastada por la noche, lo que le daba un cierto halo tenebrista. Luz barroca para nuestro jardín barroco. 

Es el momento de comenzar la distribución por festivales a través de nuestra sección Digital 104 Film Distribution. Y estamos ya preparando el estreno. que será en otoño. Tres años después de aquel rodaje podremos por fin enseñar el resultado. Pero de eso te hablaremos a su debido tiempo.
Y a todos estas, ¿qué es Jardín Barroco? Pues a Roberto y a mi nos gusta definirlo como “una composición libre guiada por el azar y la búsqueda de la belleza entre las sombras”.


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